Fabricados para estropearse

Fabricados para estropearse

La bombilla de 118 años

La historia de la bombilla centenaria es fascinante. A finales del S. XIX una compañía llamada Shelby Electric fabricaba bombillas eléctricas, eran una tecnología joven, Edison las había patentado menos de 20 años antes. En 1901 Una de esas bombillas fue a parar al departamento de bomberos de Livermore, California y ahí permaneció encendida sin pena ni gloria. Pero en los 70 el reportero Mike Dunstan se da cuenta, mientras elaboraba un reportaje, de que la vieja bombilla llevaba funcionando desde principios de siglo, desde entonces la bombilla saltó a la fama. En 2001 se celebraron los 100 años de funcionamiento prácticamente ininterrumpido del aparato. En 2013 a través de una transmisión de internet el público atestigua cómo la luz se apaga. Falsa alarma, la red eléctrica se había estropeado y no la bombilla, que volvió a funcionar cuando repararon el cableado. Hoy, a sus 118 años sigue brillando. En Livermore tiene un comité dedicado a cuidarla y difundir su historia. Ha recibido la atención de importantes medios, ha sido tema de libros y documentales, incluso ha recibido cartas de autoridades incluyendo el entonces presidente W. Bush.

Es una historia impactante, la mayoría de gente cambia luces estropeadas regularmente. Una bombilla incandescente tiene entre 1000 y 3000 horas de funcionamiento, las más modernas luces LED tienen alrededor de 25000, (unos 3 años de vida). ¿Qué ocurre aquí? Sabemos además que la bombilla centenaria no es una rareza excepcional, sino que existen cientos de bombillas de principios de siglo en colecciones privadas, de antiguas marcas como Shelby o Mazda, en perfecto estado y listas para encenderse, quien sabe si por cientos de años. Parece que las bombillas de hoy estén hechas para estropearse, obligándonos a comprar reiteradamente y alimentar un ciclo perpetuo de beneficios empresariales.

El cártel de los focos

A ello se suma la historia del cártel Phoebus creado en 1924, incluyó a los principales fabricantes eléctricos incluyendo General Electric, Osram, Philips, entre otros. Acordaron maximizar beneficios diseñando bombillas que duraban solo mil horas. El cártel se disolvió durante la 2ª Gran Guerra pero su huella perduraría pues inició una tendencia que alcanzó a otras industrias como la textil o la automotriz. Sin ir más lejos, en el mismo 1924 en que nació el cartel Phoebus, el stock de automóviles se saturó y las ventas se paralizaron perjudicando sobre todo a Ford, había que hallar una salida. La industria del auto no tuvo un cártel tipo Phoebus, pero General Motors, mayor rival de Ford, tuvo una idea: dar ligeros retoques a los nuevos autos, cambios estilísticos para que los propietarios creyesen conveniente sustituir sus viejos vehículos por los últimos modelos. Así nació una nueva forma de obsolescencia programada, la obsolescencia percibida, hacer que el comprador desee un nuevo producto funcionalmente idéntico al antiguo, pero con novedades estéticas que justifiquen la compra.

¿Abuso a los consumidores o brillante estrategia para dinamizar el flujo productivo? ¿o ambas cosas? A principios de los años 30, en medio de la gran depresión surgieron partidarios de ese sistema, y un brooker escribió la tesis titulada “Acabar con la Gran depresión mediante la obsolescencia programada”, que ayudó a difundir la expresión “obsolescencia programada” en el mundo académico, su autor, Bernard London, tenía intenciones benignas o eso se trasluce de su escrito, donde afirmaba que la crisis surgida en 1929 se debió a una pérdida de poder adquisitivo que impedía que los medios productivos pusieran en marcha el flujo de la economía, y defendió que al crear productos de corta vida la gente compraría reiteradamente, el consumo volvería a fluir, se generaría un equilibrio de oferta y demanda, y con ello el desempleo se reduciría sistemáticamente. Lo chocante es que el autor pedía que el gobierno impusiera por ley la obsolescencia programada. Eso nunca ocurrió, pero fabricantes de bombillas, coches y otros productos llevaban varios años recurriendo a ese sistema.

La bombilla de Livermore

¿En el fondo una buena idea?

Tras la depresión y la guerra, la obsolescencia programada era un hecho conocido entre industriales, consumidores y diseñadores. Destaca el caso de Brooks Stevens, el más influyente y célebre diseñador industrial de su generación, él popularizó la obsolescencia programada al teorizar que: “[la obsolescencia programada se trata de] infundir en el comprador el deseo de tener algo un poco nuevo, un poco mejor, un poco más pronto de lo necesario”.  Parece una táctica sucia, pero el genial diseñador no veía en ello una treta para exprimir a los compradores, sino el camino a la mejora continua en tecnología y diseño. Tenía razón pues oleadas de consumidores ávidos por ligeros cambios y mejoras conducen a una evolución lenta pero efectiva de los bienes de consumo. El precio de ese progreso cae en hombros de los compradores, tentados por flamantes novedades una vez tras otra.

Notemos el contraste entre esas dos formas de obsolescencia programada. Por un lado el método Phoebus: un pacto privado para fabricar productos predestinados a arruinarse, así se obliga a los consumidores a comprar repetidamente. Por otro lado el método que señaló Brooks Stevens: no fabricar cosas que se rompen, sino inculcar en los consumidores el deseo de productos ligeramente mejores, que vean lo previo como obsoleto, aunque esté en buena condición. ¿Cuál de esos caminos es más aceptable? Ninguno, estarán pensando, otros dirán que la obsolescencia percibida al menos no obliga al comprador, y además contribuye al avance técnico. Pero (casi) nadie apoyará el método Phoebus.

Por ello es bueno saber que los cárteles industriales son ilegales hoy día, y en teoría se protege al consumidor. Por ejemplo desde 2010 en la Unión Europea se ha planteado eliminar todo rastro de obsolescencia programada con propuestas como un sistema de etiquetado obligatorio que indique la estimación de vida de un aparato. En 2015 Francia estableció su Ley de Transición Energética, que castiga prácticas ilícitas, ello permitió denunciar e investigar a EPSON, fabricante de impresoras y cartuchos. No era la primera vez que se sancionaba algo similar, diez años antes una demanda colectiva en California acusó a HP de programar cartuchos para dejar de funcionar llegado cierto número de hojas, la compañía lo negó pero en 2018 accedió a pactar con los demandantes un acuerdo que incluía una sustancial compensación monetaria.

El “cártel” del iphone

Como vemos, meter defectos de diseño para que algo se averíe es cada vez más difícil y despierta rechazo, pero las empresas pueden acudir a la obsolescencia percibida. Claro ejemplo de ésto es la industria de tecnología y electrónica de consumo, los compradores ven como obsoletos sus aparatos cada vez antes, pero esto obliga a las empresas a innovar de continuo, mejorando productos, generando valor, empleos y crecimiento. Parecen todo ventajas, pero no es así. Los aparatos “obsoletos” se convierten en incontables toneladas de desechos electrónicos, y el problema ambiental y social es alarmante. (puede ver este y este video para entender mejor el problema).

Además, no sabemos si las reglas se cumplen realmente. ¿Y si una influyente multinacional logra salirse con la suya? Como Apple, que ha recibido sinfín de críticas en estos 10 años. Causó escándalo el caso del iphone 5 (2012). Cuando este modelo salió, se lanzó una actualización que agotaba las baterías y ralentizaba los modelos anteriores. El nuevo “ios” era demasiado exigente para los modelos viejos. Los usuarios podían sustituir la batería para renovar el rendimiento, pero no era fácil debido al sellado especial de cinco puntas que solo manejan los técnicos de Apple. Casualmente dicho cambio de batería costaba solo 20$ menos que comprar el nuevo Iphone. Parecía que Apple lo planeó todo para “obligar” a la gente a comprar el iphone 5.

¿Puede explicarse tanto obstáculo desde otra perspectiva? Quizá las baterías tienen vida corta porque a cambio son ultraligeras. Los usuarios de iphone pueden valorar ligereza antes que duración, además la mayoría suelen renovar sus terminales en menos de dos años, entonces ¿por qué fabricar baterías más costosas y pesadas? Quizá Apple no hace más que responder a las preferencias de sus clientes. La lógica es similar a la industria de la moda: los consumidores prefieren estar a la última antes que un producto duradero pero que al año siguiente se ve anticuado.

Por tanto no hay interpretación única, y cada una tiene cierta razón: Apple fabrica cosas perecederas, sí, pero porque con ello responde a una preferencia de su clientela. Aunque este modelo también quedó atrás, en años recientes varios fabricantes no solo alcanzaron sino que superaron a Apple en innovación, llevando a ésta a tener que mejorar durabilidad y rendimiento. Aun así sorpresa, ya en 2018 en Francia e Italia investigaron de nuevo a Apple y también a Samsung por posibles prácticas de obsolescencia, multa incluida, y siguen bajo lupa.

Pero en teoría, la competencia equilibra la balanza al forzar a las marcas a ofrecer mejores productos que el resto, y cuando hay sospechas la ley suele intervenir.

¿Adiós obsolescencia?

Por tanto la obsolescencia programada ya no se impone a la fuerza por cárteles ni por gigantes de la tecnología, no viene ya “de arriba” por las corporaciones, sino que es exigida “de abajo” por consumidores deseosos de innovación y novedad. Pero tristemente la basura electrónica aún no tiene solución ¿O sí? Si la conciencia ecológica de los usuarios crece, exigirán medidas a empresas y gobiernos y se promoverá un modelo medioambiental sostenible. Por ejemplo el proyecto de teléfonos modulares de Google “Project Ara”, que quiso fomentar la competencia y el fácil acceso a dispositivos de calidad, y al mismo tiempo evitar desechar aparatos viejos pues el sistema modular permitía la continua reutilización. Lamentablemente el proyecto fue cancelado por dificultades de ingeniería y medios, pero fue indicio de una creciente preocupación por la sostenibilidad. Otra vía interesante es la de Tesla, que fabrica componentes punteros y el mejor hardware disponible para sus vehículos, así aunque sus autos partan con un precio algo elevado, se garantiza que las actualizaciones de software mejorarán el vehículo, impidiendo que se vuelva obsoleto sin necesidad de comprar uno nuevo. ¿Surgirá un modelo sostenible que convierta a la obsolescencia programada en innecesaria? El método del cartel Phoebus quedó atrás, ¿cuándo pasará lo mismo con el modelo actual?

La verdad tras el mito

Para terminar retomemos a la bombilla centenaria. Entonces ¿sigue funcionando? Sí y no, técnicamente emite luz, pero no bastaría para alumbrar un pequeño cuarto debido a una inevitable cuestión física. La bombilla originalmente de 60 vatios hoy emite una luz equivalente a solo 4, un voltaje muy bajo comparado al voltaje de diseño, su luz es muy tenue. Las bombillas incandescentes solo pueden tener duración extrema si a cambio se reduce su eficiencia. Entran en juego sobre todo grosor y longitud del filamento, que se combinan para determinar la resistencia (Ω). A menor resistencia mayor duración pero menor eficiencia. Esa ineficiencia lleva a requerir más energía para mantener la misma intensidad, y con voltaje constante el brillo disminuye, no resulta práctica. Toda bombilla incandescente puede durar períodos muy largos si recibe un voltaje inferior al que permiten sus filamentos, y al revés, si se aprovecha bien el filamento, éste se fundirá más pronto. Por ello se optó por fabricar filamentos con más resistencia, que duran menos (unas 1000 horas), pero a cambio ofrecen brillo constante que no decae con el tiempo.

Vemos que el cártel Phoebus tenía una motivación técnica después de todo, el problema fue que intentaron imponerlo forzosamente. Vale la pena estar prevenidos, la historia demuestra que en condiciones de ventaja las corporaciones tienden a imponer reglas a su favor. Vea este video para entender más sobre las corporaciones.

 

E.J.Barzallo

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