La indiferencia ante la desaparición

La indiferencia ante la desaparición

Decidí escribir este blog por la tragedia que está tocando la puerta del hogar de una conocida de mí familia. Hace dos semanas desapareció Adriana, la madre de la mejor amiga de mi hermano; la mamá de una chica que conozco desde el colegio. Ella junto a sus familiares están buscando a la señora Adriana, con angustia por no saber la situación actual de aquella mujer: si estará bien, mal, estará viva, muerta.

Con desespero, los familiares de Adriana realizaron un cartel donde se aprecia una fotografía suya junto a unos datos personales y características físicas para ser identificada, además de un número de teléfono al cual se pueden comunicar para dar información al respecto. El cartel, está siendo compartido por familiares y amigos cercanos principalmente en Facebook y WhatsApp, para que este llegue a viralizarse y dar, si hay suerte, con ella.

Viendo desde la barrera la situación, no puedo imaginarme a mí en ella. ¿Qué tan horrible debe ser tener a un ser querido desaparecido? ¿Cómo poder vivir sin saber su paradero? ¿Cómo poder dormir sin saber si habrá podido descansar un poco? ¿Cómo poder comer sin tener la certeza de que pudo llevarse un trozo de alimento a la boca? ¿Cómo mantenerse en pie tras tanto agotamiento por buscarle? ¿Se fue porque quiso? ¿Fue una desaparición forzada? ¿Por qué no puede regresar a casa? ¿Estará viva? ¿Estará muerta? ¿Y si está herida y necesita ayuda médica?  

También, desde la barrera, sintiendo un poco de desdén, no puedo entender cómo la gente es tan indiferente ante la desaparición de un ser humano, más cuando nadie está exento de vivir una situación así. Tras enterarme de la noticia compartí en mis redes sociales el cartel, con esperanza de que alguien la hubiese visto o bien, que mis contactos compartiesen el cartel para así llegar a más personas, o, por lo menos, preguntarme, ¿quién es la desaparecida, algún conocido o familiar tuyo?

Con tristeza sólo tres, de veinticinco contactos en Whatsapp compartieron el cartel; en Instagram, sólo dos de seis mil seguidores que tengo lo compartieron. Ninguno de los contactos o seguidores en Instagram -siendo una gran mayoría gente que me conoce y con la que he compartido tiempo- preguntaron quién era la mujer. Nadie se cuestionó si era conocida, amiga, prima, tía, hermana, sobrina, expareja, amante o cualquier tipo de relación social existente. A nadie le importó. A casi nadie le importa una persona desaparecida.

Las cifras alarmantes

En países hispanoparlantes la cifra es alarmante, si bien se viven numerosas desapariciones de personas en países de oriente próximo y África, en países tan multiculturales como España y tan injustos –en materia judicial- como países Latinoamericanos, la realidad es aterradora.

En Colombia, el país en el que resido, según cifras de Medicina Legal para 2018 desaparecían al día 17 personas, 6.205 en un año. En los últimos años el conteo va en 81.364 personas desaparecidas, de las cuales, en el 51,72%, no se tiene certeza sobre lo que pasó. Si bien, muchas de las desapariciones hacen parte del conflicto armado, hay muchas otras que sucedieron en el día a día, con personas del común en ciudades relativamente grandes, lejanas de la violencia del campo. Uno de los casos sonados fue el de Carlos Andrés Castro, quien desapareció el 2 de junio del 2017, a la edad de 27 años. Lo último que se supo de él es que esa noche salió de casa en el barrio San Cristóbal de Bogotá, a fumarse un cigarrillo.

En México, según datos de este año 2020 entregadas por el Gobierno de AMLO, para el 31 de diciembre de 2019 hay 61.637 personas desaparecidas, de las cuales 5.184 desaparecieron en 2019. Al igual que en el caso colombiano, no todas aplican para guerras de carteles y delincuencia común, hay miles de desapariciones de personas que se presentaron por fuera de aquellos contextos.

En España, según cifras del Ministerio del Interior para el 31 de diciembre de 2018, 12.330 casos de personas desaparecidas continúan sin resolver, siendo Madrid y Barcelona las ciudades donde más se registran.

En Argentina, si bien se presentan a diario casos de desapariciones, de estas poco se habla. Los argentinos, a la hora de hablar sobre sus desaparecidos se refieren inmediatamente a las 30.000 personas aproximadamente que desaparecieron en la dictadura militar –tanto de las fuerzas de seguridad como la Triple A- que padeció el país entre 1976 y 1983. Los desaparecidos eran adversarios políticos e inocentes que fueron desaparecidos sin tener nada que ver en esos temas.  

En Perú, al igual que sucede en Argentina, al hablar de desapariciones, la memoria remite a los 20.329 desaparecidas –según datos de la Renade- entre 1980 y 2000, en la época del terrorismo peruano. Personas desaparecidas por entes gubernamentales y grupos al margen de la ley, que dejaron un hueco inmenso en el corazón de sus familiares y amigos.

En el Salvador, para 2019 se registraron más de 2.300 personas desaparecidas por la violencia atribuida a las pandillas Barrio 18 y la Mara Salvatrucha, aumentando la cifra a más de 14.000 según datos de 2010 y 2019.

Podría continuar con ejemplos, pero el artículo se haría extenso. Cada país vive el flagelo de la desaparición sea o no forzada, fracturando el alma y el corazón en mil pedazos no solo de quienes la padecen sino de sus familiares por vivir en una constante zozobra de si aquel ser humano estará vivo y sano o por el contrario ya murió.

No todo son noticias falsas

Hace un tiempo vi un reportaje realizado por una cadena de televisión colombiana sobre las ‘noticias falsas’. El reportaje habla tanto de las calumnias hechas en redes sociales, como de los carteles inventados sobre personas desaparecidas con tal de gastar una broma a un número de teléfono específico. He de repetir siempre que estúpidos hay en todo el globo, y, que jamás lograré entender cómo alguien puede hacer semejante idiotez no solo para joder a alguien sino para jugar con algo tan grave como la desaparición.

Hoy, tras determinar cuánta gente compartió y cuántos –cero por ciento de los que no lo hicieron- me preguntaron quién era la de la fotografía, recordé inmediatamente el reportaje. Como hice una publicación en mis redes sociales expresando la tristeza que me da rodearme de gente sin corazón, sé que vendrá alguien a decirme que no lo hicieron por no caer en una noticia falsa.

Pero de ser así, hijo mío, ¿por qué no preguntas? ¿por qué no indagas sobre si la publicación que yo o Pepito Pérez hizo sobre un desaparecido es una noticia verídica o falsa? ¿por qué hacerse el de la vista gorda frente a un flagelo como este? Como narré en el apartado de “Las cifras alarmantes”, hay decenas de desaparecidos a diario, ¿por qué hacerse el desentendido? Y claro que sí, es importante no caer en círculos viciosos de noticias falsas –las cuales abundan en Internet y de las que Santiago ha hablado no solo en sus podcast sino en sus vídeos-. En mi vida, mi raciocinio me ha hecho preguntarme todo, tanto así que pregunto a quien ha hecho publicaciones similares en Internet si aquella historia de flagelo es suya o de alguien cercano.

Creo que jamás entenderé por qué la gente nunca se pone en los zapatos del otro.

 

Una historia para el alma

Hace casi un año leí un artículo de la BBC, en el que se habla de dos personas, madre e hijo, Lilia Hernández y su hijo Carlos Alberto Hernández. Carlos, un desaparecido más de los miles que hay en Colombia, aparentemente forzada, pues habría sido perpetrada por la guerrilla de las FARC. Carlos se desempeñaba como médico militar en la Policía Nacional.

Días antes de que Carlos desapareciese a su mujer le fue hurtado su vehículo en la ciudad de Bogotá. Carlos, recibió una llamada telefónica donde le pedían 200.000 pesos para recuperarlo, por lo cual el 23 de noviembre de 1997, fue a Guamal, en el departamento de El Meta, donde podría recuperar el vehículo. Su madre, le pidió que no fuese por allá, que el vehículo “ya estaba perdido”, sin embargo, él haciendo caso omiso se encaminó en un periplo del que aún no hay desenlace.

Lilia Hernández, madre de Carlos, demuestra el amor materno como pocas en este mundo. Lleva más de 20 años, de lunes a viernes en la cadena radial Antena 2, enviándole mensajes a su hijo con la esperanza de que este, en el lugar en el que se encuentre pueda escucharlos. Mensajes donde cuenta cómo está la familia, qué tanto ha crecido el hijo que dejó en Bogotá, cómo están sus hermanos y lo mucho que le extrañan. Lilia y su otro hijo Germán, cesaron la búsqueda de campo en 2003 tras no sólo no encontrar pistas reales sobre el paradero de Carlos, sino por ser en numerosas ocasiones estafados por personas inescrupulosas que se lucran con los desaparecidos. Una de las tantas historias que Lilia y Germán contaron, fue la vez que una señora aseguró saber el paradero de Carlos, pero que pedía un paquete de camisetas y gorras a cambio de la información. Tras entregar lo solicitado la señora desapareció, dejando no solo un vacío económico en el bolsillo de la familia sino una esperanza adicional, rota, por creer que estarían a punto de reencontrase con Carlos.

“Todo el mundo se aprovecha de uno, todo el mundo ve dolor y se aprovechan de las víctimas"

 

-César Zalamea.

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