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October 2nd at 6:49pm

Acapulco, La Postal Rota

Hola humano,
Bienvenido a un cortodocumental de MarginalMedia.
En la memoria de muchos, Acapulco es la postal de una playa inmensa, rodeada por acantilados y una tupida selva. Un lugar donde los clavadistas entretienen a los visitantes y las mujeres toman el sol o acarician sus cuerpos en la playa con los tenues colores del atardecer. En la realidad de hoy, Acapulco son los cuerpos inertes, descuartizados, y abandonados en calles perifericas que los periódicos y noticieros nos muestran.
La ciudad que un día fue el sueño de muchos es hoy parte de nuestra serie "Los Lugares más Horribles del Mundo" por ser la segunda ciudad más violenta de México, y del mundo, en cuanto a índice de asesinatos.
Esta es la historia de cómo Acapulco pasó de ser un sueño a ser una pesadilla.


Acapulco, La Postal Rota
Quienes disfrutasteis, ya hace tiempo, la serie televisiva mexicana "El Chavo del Ocho", aún recordaréis los episodios de vacaciones en Acapulco, aquel lugar paradisíaco, donde tanto el mexicano pobre como el rico iban a disfrutar de sus playas. Todo terminando con un: "buenas noches mis amigos, buenas noches mi ciudad" al atardecer.
Acapulco fue un destino mimado por Hollywood, con películas como "Tarzán y el gran río" filmada en el puerto, "Tarzán y las Sirenas", y "Fun in Acapulco" con Elvis Presley. También ha sido escenario de una película del más famoso agente secreto, 007. Aquí vinieron a casarse el presidente Kennedy y Elizabeth Taylor. Y hasta aquí, hasta el mismo balneario soñado al que Luis Miguel nos invitaba con su canción Cuando Calienta el Sol, acudieron un grupo de turistas que incluían 6 mujeres españolas y una mexicana para ser violadas por un grupo armado, en medio de plena temporada turística, hace pocos años. Tal es la impunidad del crimen en el Acapulco de hoy.
La época dorada de Acapulco fue entre los años 50 y finales de los 80. En los 90 el turismo comenzó a cambiar. Acapulco pasó de ser un paraíso elegante de mar y arena a ser el destino preferido para los ‘springbreakers’, los turistas gringos que buscaban fiesta, alcohol, y chicas en bikini. No era el turismo ideal pero era turismo.
El empresario local Alejandro Martínez Sidney recuerda con nostalgia a los springbreakers, que dejaban más de 300 millones de dólares por temporada. Bares y discotecas llenos. Calles repletas. Turistas amontonados frente a La Quebrada para ver a los clavadistas. Cada semana había hasta 10 cruceros. El aeropuerto tenía decenas de vuelos internacionales y el miedo no existía. El problema de Acapulco entonces se limitaba a que los turistas estadounidenses destrozaban las habitaciones de los hoteles.
En los últimos 13 años, el bullicio de entonces ha dado paso a la decadencia de ahora.
Los vuelos de turistas han disminuido en un 80 por ciento. Sólo queda un vuelo internacional desde Houston a Acapulco. Un crucero llega cada tres meses y el turismo internacional es prácticamente inexistente, a excepción de algunos canadienses que tienen casa en el puerto.
¿Qué pasó con aquel Acapulco de ensueño?
Que al igual que una vieja postal, alguien la rajó en pedazos y la tiró a la papelera.
El Acapulco de hoy son los trozos fraccionados de esa postal que ya no se reconoce. Cada trozo con su propia identidad y características. Aún quedan vestigios del Acapulco glorioso de hace 50 años en la Quebrada, el centro y algunos barrios tradicionales. Está el Acapulco dorado, el de los grandes hoteles, bares y discotecas que recibía a los springbreakers. Está el Acapulco Diamante, el exclusivo, con arena importada de Cancún, el refugio de la élite. El Acapulco urbano, una ciudad hacinada, donde decenas de barrios pobres intentan que les salpique algo del maná turístico. El Acapulco suburbano, grupos de favelas, aún más hacinadas, con lugares como Ciudad Renacimiento, que hasta hace poco era la favela más grande de América Latina. Y por último, está el Acapulco rural, donde la ciudad crece sin orden alguno, y donde los habitantes entierran a sus muertos en panteones comunales cada vez más llenos.
El delito y la violencia de los Acapulcos más vulnerables fueron arrastrando al resto como las piezas de un dominó.
A principios del nuevo siglo, en el apogeo de la era de los springbreakers, la creciente demanda de estupefacientes atrajo a diversas bandas del narcotráfico a Acapulco. Poco a poco, e imperceptiblemente, fueron instalándose en las zonas marginales de la ciudad.
En las palabras de un agente de la policía local:
"El puerto de Acapulco es estratégico para la introducción de precursores químicos desde Asia para la fabricación de las drogas sintéticas. Además, también es, junto a otros puertos de la costa pacífica, punto de arribo de la cocaína proveniente de América del Sur".
Hasta ese momento la violencia no había sido aún un problema mayor. El cártel de Sinaloa, del Chapo Guzmán, y el cártel del Golfo se repartían la ciudad con cierta hostilidad controlada. Tener muertos no era bueno para el negocio.
El primer incidente, que la mayoría de los entendidos identifican como el inicio de la decadencia ocurrió el 27 de enero de 2006. La policía y los sicarios del grupo del Chapo, dirigido localmente por los hermanos Beltrán Leyva, se enfrentaron con armas de alto poder y granadas durante casi una hora. Esa es la historia que casi todos conocen, y la que todos repiten. Incluso en canciones. Pero el periodista José Antonio Sánchez tiene una versión un poco más compleja. Versión que fue censurada durante casi 10 años pero que en 2014 se atrevió a contar.
Según él, el Chapo Guzmán apostó por apoyar la campaña del candidato del partido del PRI para las elecciones a gobernador de 2005. Tras la sorpresiva victoria del candidato del partido PRD, el Chapo Guzmán quiso recuperar su inversión. Ante la negativa del PRI, comenzaron a darse una serie de asesinatos de autoridades en la zona. Finalmente, el gobernador ganador del PRD, abordado meses atrás por el cártel del Golfo, movilizó a la policía local y a miembros encubiertos del brazo armado del cártel del Golfo, los Zetas, para tenderle una emboscada a los hermanos Beltrán Leyva, jefes locales del cártel de Sinaloa. Esto terminó en la recordada balacera de La Garita.
Hasta entonces, como cuentan muchos empresarios locales, los cárteles, principalmente el de Sinaloa, solo vendían drogas. Fuera de eso los dejaban en paz.
Ése fatídico día en 2006, desató la guerra entre grupos por el control de Acapulco, arrastrando a pobladores y empresarios en ella.
A finales de ese 2006, el entonces presidente Felipe Calderón declaró la guerra al narcotráfico, guerra que en los siguientes trece años no ha fructificado, y que parece más bien haber dado carta libre a los cárteles para iniciar la peor ola de violencia que México ha visto en su historia reciente.
El siguiente incidente importante que condenó a Acapulco aún más ocurrió en 2008 y fue la muerte a manos del ejército de Arturo Beltrán Leyva, líder del grupo familiar de los Beltrán Leyva, ya separados del cártel de Sinaloa. La muerte del líder del grupo más poderoso de Acapulco facilitó un vacío de poder que varios grupos criminales locales y nacionales se lanzaron a llenar, entre ellos la Familia Michoacana, el Cártel del Golfo y Los Zetas, ya actuando por su cuenta. Desde entonces las bandas han comenzado a manejarse como redes operativas de contratistas, lo cual hace casi imposible desarticular alguna de ellas con tan solo eliminar a sus líderes.
Hoy, esta pugna por el poder de las mafias locales, se refleja en una mayor extorsión a los negocios para cubrir su necesidad de financiación, y en un mayor número de muertos, incluidos ciudadanos inocentes, que sirven para intentar atemorizar a las bandas rivales.
El círculo vicioso en el que se encuentra Acapulco, es que no hay dinero porque no hay turismo, no hay turismo porque hay violencia, y hay violencia porque no hay dinero.
Roberto Álvarez, vocero del gobierno estatal en materia de seguridad, afirma que en la ciudad operan al menos 50 bandas alineadas bajo el Cártel de los Beltrán Leyva o el Cártel Independiente de Acapulco (CIDA). Desde que Felipe Calderón decretase la guerra contra el narcotráfico hace ya13 años, los grupos han ido mutando hasta quedar sólo estos dos, con decenas de bandas formadas por integrantes cada vez más jóvenes.
Acapulco ya no es la postal deslumbrante que fue. Su día a día ha cambiado. Una mañana no tan inusual en Acapulco comienza con un gendarme buscando una cabeza que supuestamente alguien dejó sobre un coche. Con dos militares vigilando cada escuela pública de la ciudad para que no maten o secuestren a algún maestro. Con otro policía municipal que despacha en un escritorio destartalado protegido con un par de escudos antibalas, porque la pasada madrugada un comando disparó contra la comisaría. La violencia se ha convertido en el día a día.
Los empresarios y trabajadores que vivían del turismo han cambiado los restaurantes, las discotecas y los hoteles, por negocios más apropiados para el entorno actual: funerarias, clínicas de emergencias y periodismo de tinta roja. Las funerarias se multiplican y los cementerios no alcanzan.
Una de las ocupaciones que se han vuelto comunes es la de ‘perseguir muertos’, ya sea para tomar fotos o video que se pueda vender a medios locales, ofrecer servicios funerarios a los familiares de las víctimas, o servicios legales o psicológicos a los más afectados. A quien trabaja en este nuevo gremio les llaman ‘buitres’.
Uno de ellos, que durante años vivió del turismo en Acapulco, y que ahora vive de los muertos, explica: "No hay un sólo día que no maten a alguien. Y los muertos ya no son sólo criminales, como justificaba el gobierno cuando empezó la 'Guerra contra el narco' en 2006. Matan a taxistas, a maestros, a los chicos que venden piezas de coches, o a comerciantes que no pagan el derecho de piso." En los 13 años más violentos de Acapulco ha visto cómo la muerte se ha convertido en un negocio cada vez más rentable. Los 'buitres' como él ofrecen servicios cada vez más caros. En 2010 sólo existían ocho funerarias en el puerto, actualmente hay 36.
El cementerio municipal de Las Cruces, el más grande de Acapulco, está tan lleno que las autoridades vendieron espacio en lo que antes eran los pasillos del cementerio. Con una capacidad de 50.000 lápidas, ha quedado completamente rebasado.
Otro tipo de buitre es el periodista Nelson Matus. Los muertos no le dan dinero, le dan clicks. Duerme cinco horas al día, y pasa día y noche recorriendo la ciudad en su auto buscando cadáveres . Su popularidad aumentó con la violencia. Era de los primeros en llegar y siempre tenía las fotografías más detalladas de la escena del crimen.
"Todo el día me están escribiendo, confían más en mi que en el 066 (el equivalente al 911)". En uno de los municipios más impune del país, donde solo se resuelve uno de cada 10 casos, la gente prefiere hablar con un periodista que denunciar a la policía. Matus, director del portal Lo Real de Guerrero, sufrió un atentado hace menos de un mes. El periodista salió ileso, pero su auto recibió 3 impactos de bala.
Está a punto de cumplirse ahora un año desde que las autoridades estatales y federales mexicanas decidiesen tomar el control de toda la fuerza policial de la ciudad de Acapulco, debido al incremento de la violencia y a la nula acción de la policía local. Ambas autoridades indicaron además tener sospechas de que grupos delictivos se habían infiltrado en las fuerzas de seguridad locales de la ciudad. Esto se suma la amenaza que recibió la actual alcaldesa de Acapulco, Adela Román, que advertía que su Gobierno sería recibido “a balazos” si llevaba a cabo cambios en la policía municipal.
Más allá de la violencia, Acapulco quiere reencontrarse a si mismo como el destino turístico que siempre fue. En la actualidad hay un proyecto para iluminar 19 edificios sobre la bahía y que la ciudad se asemeje a Las Vegas o Hong Kong. El Palacio Municipal se convertirá en el museo de la ciudad. El paseo marítimo se llenará con nuevos bancos, una ciclo vía, casetas de salvavidas, zonas comerciales para los pescadores, y áreas de patinaje. También habrá 20 esculturas a lo largo de la playa. En la cima del cerro El Encinal, en Carabalí, se construirá un Cristo de 70 metros, que será llamado el Monumento a la Paz. En la bahía Pichilingue se emplazará la tirolesa sobre el agua más larga del mundo. El empresario Juan Antonio Fernández invertirá siete mil millones de dólares en Rivera Diamante, y entre otros proyectos, se construirán nuevas canchas de tenis para el Abierto Mexicano. Acapulco tiene sus problemas más allá de la violencia, como esos informes de salubridad que señalan a algunas de sus playas como las más contaminadas de México, con Playa Suave y Playa Hornos nombradas como la segunda y tercera más contaminadas respectivamente.
Pero a pesar de todo ello, durante la pasada Semana Santa, Acapulco alcanzó una ocupación hotelera del 75%. El turismo nacional no se inhibe. Parece que los mexicanos quieren olvidar los muertos y pensar nuevamente en el sol. Tal vez la postal de Acapulco ya sea historia, pero ahora tenemos celulares a mano.
Hasta la próxima,
La Paz

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Categoría: Sociedad
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